La Vía Catalana

Es 11 de septiembre. En la mayoría del mundo, un miércoles más, un día laborable. En Catalunya no. Se celebra la Diada, Con ello se conmemora la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas al mando del duque de Berwick durante la Guerra de Sucesión Española el 11 de septiembre de 1714, tras catorce meses de sitio. Así, también se recuerda la consiguiente abolición de las instituciones catalanas tras la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, en 1716.

Con motivo de esta celebración, L’Assamblea Nacional Catalana ha organizado una cadena humana, la Vía Catalana.

Los organizadores quieren formar una cadena humana que pretende recorrer Cataluña, de norte a sur y principalmente por el litoral, en un trayecto de 400 kilómetros que discurrirá por más de 80 municipios, siguiendo la antigua vía Augusta romana. La cadena unirá El Pertús, una pequeña localidad francesa situada en los Pirineos Orientales -región de Languedoc-Rosellón-, con Alcanar, en el límite de Tarragona con Castellón. La cadena afectará a algunas importantes arterias, como la AP-7, la A-2, la N-340 o la N-2, entre las 13.00 y, al menos, las 18.00 horas.

Artur Mas, que en un discutible ejercicio de marketing mediático ha comparado la Vía Catalana con el movimiento liderado por Martin Luther King, no participará directamente en la cadena.

Una vez expuestos los hechos, me gustaría expresar mi opinión, mezcla de sentimientos y pragmatismo.

Respeto y comparto gran parte de las reivindicaciones expuestas durante la Diada, pero no voy a acudir a la Vía Catalana. La explicación es que, entre la lista de prioridades por las que me podría manifestar, este motivo no aparece en ella. Llevamos un mes con la Vía Catalana en las noticias, con publicidad gratuita y financiada veladamente. Hoy tenemos día especial de la Vía Catalana en los medios de comunicación, y estaremos un mes hablando de la Vía Catalana. Tiempo total invertido, dos meses. Tiempo total perdido, dos meses.

Dos meses perdidos en la lucha contra las desigualdades sociales, los problemas económicos, el déficit público, el paro, sea juvenil o no, los problemas estructurales, la educación, la financiación, los recortes, la sanidad, etc. Una cortina de humo excelente del Gobierno de la Generalitat, al estilo Mundiales de Fútbol, Olimpiadas varias u otros entretenimientos Telecinquianos. Sin entrar a hablar del coste asociado a la organización, como por ejemplo despliegue de fuerzas del orden.

En economía, el coste de oportunidad o coste alternativo designa el coste de la inversión de los recursos disponibles, en una oportunidad económica, a costa de la mejor inversión alternativa disponible, o también el valor de la mejor opción no realizada. Pues bien, organizar un evento de este tipo tiene un coste de oportunidad. Y la sociedad catalana no puede ir perdiendo meses, tiempo, dinero en una Vía que, quizás, e indiscutiblemente está por ver, pese a tener un claro camino marcado, no tenga un destino final.

El discurso de Artur Mas ofende a los sentidos, en especial al común. Me parece todo un excelente ejercicio de marketing, por decirlo llanamente, para desviar la atención. Los políticos huelen la sangre, las oportunidades de mantenerse en el poder, de seguir viviendo de la administración pública, de hacerse incluso leyenda y líderes del cambio, de aparecer perpetuamente en los libros de historia y además, cobrando. Este caramelo no lo desprecia ningún político, y lógicamente los catalanes, de uno y otro bando, tampoco. Coges un sentimiento, lo promueves y publicitas, creas una necesidad y vives de ello. Suena genial si no tuviera un coste de oportunidad.

¿Por qué no cortan los parados catalanes la AP7 de norte a sur cada domingo para reclamar un puesto de trabajo? ¿Por qué no se coge el pueblo catalán la mano desde Girona a Tarragona por una mejor educación, por eliminar los recortes en sanidad, o por una gestión política sin corrupción? Pues porque los políticos, las televisiones, los periódicos, las emisoras de radio, no lo promueven, como si promueven la Vía Catalana.

Y es que todo está escrito, y ya lo dijo Edmund Burke en el Siglo XVII: “El pueblo no renuncia nunca a sus libertades sino bajo el engaño de una ilusión”.

 

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